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>>20/11/17 
     
 
Ante la deslocalización, investigación
La marcha de la economía mundial obliga a mirar todavía con mayor interés el papel de la enseñanza superior en los países desarrollados. Si el siglo pasado fue el de la globalización, en este asistimos a otro fenómeno que en absoluto es nuevo pero que se está manifestando con bastante intensidad y todavía puede ir en aumento: me refiero a la denominada deslocalización industrial, comportamiento adoptado por las empresas que trasladan su actividad productiva desde los países desarrollados hacia aquellos otros que están en vías de desarrollo.

El término deslocalización no suena bien a nuestros oídos, de hecho el Diccionario de la RAE no lo reconoce, como tampoco contiene tantos otros de reciente uso procedentes de traducciones o adaptaciones más o menos afortunadas de otros idiomas, fundamentalmente del inglés, pero con él se pretende definir el cambio de localización de una empresa que traslada en parte o del todo su producción a otros países en los que encuentran costes laborales más bajos, estabilidad política, ventajas fiscales y ayudas de distinto tipo.

Junto a los requisitos anteriores suele ser necesario que se den también algunos otros para que las empresas decidan trasladar su producción, como la disponibilidad de unas infraestructuras mínimas, un capital humano con la suficiente formación técnica y un cierto capital social, entendido éste como el conjunto de instituciones y normas que caracterizan las relaciones e interacciones de los individuos de una sociedad y aseguran un grado de cohesión sin el cual es difícil que prosperen económicamente o que afronten un desarrollo sostenible. Es decir, el capital social es algo más que disponer de carreteras y comunicaciones, se necesita también un cierto grado de educación en la población y una integración social que permitan mejoras en la productividad.

Desde mediados de los sesenta nuestro país fue receptor de ese tipo de inversiones, que hacían una utilización intensiva de mano de obra, entonces más barata, ampliamente disponible y con un rápido y aceptable grado de formación profesional. Pero España es hoy por derecho propio un país plenamente desarrollado y comienza a sufrir ese mal de la deslocalización, que si a nosotros nos perjudica en cambio beneficia a los países en desarrollo, en los que contribuye a fijar la población y a disminuir por tanto la emigración de sus habitantes.

¿Cuál debe ser en este contexto el papel que desempeñen en nuestro país las universidades y las instituciones dedicadas a la transmisión del conocimiento y a la formación de nuestros jóvenes? Creo, y en esto coincido con otros muchos observadores, que, teniendo en cuenta que nos va a resultar muy difícil competir en mano de obra con los países industriales emergentes, nuestro sistema productivo se debe orientar con mayor decisión a la I+D por ser esta la única forma de asegurar el valor añadido que necesita nuestra economía. Conviene recordar que las dos terceras partes de la investigación de nuestro país la realiza la Universidad pública, institución que, como acaba de poner de manifiesto un reciente informe del Observatorio Universitario de la CRUE (Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas), no ha tenido en los últimos años un incremento de su financiación paralelo al experimentado por el PIB. Pero no es mi intención insistir en esas dificultades financieras, acerca de las cuales corremos los rectores el riesgo de no ser suficientemente comprendidos. Prefiero señalar el determinante papel que ha jugado y está llamada a jugar la universidad en la formación altamente cualificada de nuestros jóvenes como única vía para conseguir los técnicos e investigadores que nuestro país necesita si se quiere mantener en el grupo de cabeza de las naciones desarrolladas.

FUENTE | ABC Periódico Electrónico S.A.
Autor: Carlos Berzosa (Rector de la Universidad Complutense de Madrid)
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