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>>18/11/17 
     
 
El parto de las máquinas
Uno de los grandes saltos necesarios para equiparar las máquinas a los seres vivos parece haberse dado en los laboratorios de la Universidad de Cornell, EE.UU. Los robots ya pueden parir. "Aunque las máquinas que hemos creado son todavía simples comparadas con los sistemas biológicos, demuestran que la reproducción es posible y no es exclusiva de la biología", afirman los responsables del alumbramiento en la revista Nature.

Efectivamente, los robots reproductores de Hod Lipson y sus colaboradores están muy lejos de la complejidad de un ser vivo. Cada individuo es una torre compuesta por cuatro cubos de 10 centímetros de lado que están divididos en dos mitades móviles de modo que pueden adoptar distintas formas. El ensamblaje entre las partes es electromagnético. Los imanes que las unen se conectan y desconectan actuando a modo de manos magnéticas capaces de agarrar o soltar los cubos que forman el cuerpo robot.

El ritual completo de la reproducción dura unos 2,5 minutos y comienza cuando la máquina progenitora deposita el cubo superior de su estructura a su lado. La semilla de la próxima generación ya está puesta. A continuación, el padre/madre recolecta nuevos cubos de las proximidades gracias a sus manos magnéticas y los va colocando uno tras otro sobre el hijo. Éste se comporta como un vástago agradecido plegándose cuando ya ha alcanzado cierta altura para facilitar su propia gestación. Al final del proceso, habrá dos torres idénticas de cuatro cubos cada una. El parto debe producirse sobre unas bases especiales a través de las cuales los robots reciben la energía y los datos necesarios. También es imprescindible que los cubos hijo estén colocados en zonas muy específicas y en el momento oportuno para que la unión se pueda producir.

El instinto reproductor y las instrucciones necesarias para ponerlo en práctica están inscritas en un microprocesador presente en cada módulo que contiene la memoria de su estructura y cómo reproducirla, algo así como una simple simulación electrónica del ADN. Puesto que se trata de una programación, ésta podría adaptarse a otras formas y otros tamaños, lo que dispararía el abanico de posibilidades de robots autoreplicantes.

Pero éste es sólo el principio porque los planes de Lipson son extraordinariamente ambiciosos y buscan acercarse lo más posible a lo que ocurre en los seres vivos. "Sería interesante ver si aprenden espontáneamente a reproducirse usando principios evolutivos". O dicho de otro modo, máquinas que en cada generación se perfeccionan autoincorporando mejoras en sus sistemas. Como saben los amantes de la ciencia-ficción, Michael Crichton ya había soñado con ovejas mecánicas cuando concibió su novela Presa en la que describía un mundo en el que minúsculos robots capaces de reproducirse como conejos amenazaban la supervivencia de la biología. Lipson y otros grupos de científicos no contemplan una realidad ni remotamente parecida y sólo ven aplicaciones de estas máquinas capaces de autorepararse en áreas como "la exploración del espacio y en operaciones en entornos peligrosos [las profundidades de los océanos] donde el enfoque convencional del mantenimiento es impracticable", escriben.

Aunque no todos los investigadores están de acuerdo en que el escenario de Crichton sea tan imposible, lo que parece evidente es que los trabajos en inteligencia artificial y robótica están poniendo sobre la mesa cuestiones que entran en la definición de vida, los límites entre lo biológico y lo artificial: Más aún, como sugieren los autores "la autoduplicación no es una propiedad binaria que un sistema posee o no, sino un continuo que depende de la cantidad de información que se ha copiado".

FUENTE | El País Digital
Autor: Ángela Boto
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